Mi abuela y las drogas

El tema de su tesis es el azufre. “El elemento del infierno”, bromea él. Molly lo invita a una fiesta el próximo jueves

Mi abuela y las drogas
MANUEL OCARANZA. “Travesuras del amor”, 1877. Óleo sobre tela. Cortesía: D.R. Museo Nacional de Arte/INBAL, 2021.

1958. Mónica Salazar, alias Molly, lo lleva al laboratorio a una hora donde no hay nadie más. Se conocieron en los pasillos de la universidad. Él estudia Derecho; ella, Química Farmacéutica. Le enseña frascos de tamaños distintos, explica cuáles usa y para qué: “Este lo tomo antes de dormir, así sueño con la playa” o “Con este otro, escuchas los pasos de los insectos”. Él pregunta si en su tesis escribe sobre aquellos goteros color ámbar. Molly responde que no; rellena los frascos en sus ratos libres, en secreto. El tema de su tesis es el azufre. “El elemento del infierno”, bromea él. Antes de despedirse, se besan en ese cuarto de repisas con microscopios y matraces. Molly lo invita a una fiesta el próximo jueves.

El día llega. Los padres del dueño de la casa han salido de viaje. La gente se pasea chocando sus vasos, algunos platican y beben sentados en una escalera de caracol cuyo barandal termina con la figura de un monstruo que enseña los dientes. Los cristales de las lámparas colgadas del techo proyectan sombras movedizas en el suelo, como en una pecera.

A medianoche, Molly lo conduce a una esquina para ofrecerle gotas, él abre la boca con la obediencia de quien está enamorado. Bastan unos segundos para que los dos, con las pupilas dilatas, se desplomen en el sillón a sentir un hormigueo que les recorre la sangre. Él observa a su alrededor: los vasos que sostenían los invitados se han quebrado en miles de pedacitos flotantes, brillan más que las estrellas en invierno. Los dientes del monstruo del barandal se alargan. A él le da miedo, pero se tranquiliza cuando Molly habla. Aunque no alcanza a entender sus palabras, el sonido de su voz le hace cosquillas. De vez en cuando ella le pregunta algo con la mirada. Él asiente a todo a través de la mente. Si le pidiera lanzarse de la azotea en ese preciso instante, aceptaría.

¿En qué momento amaneció?, se pregunta cuando salen a caminar. Hace un segundo era de noche, pero Molly y sus gotas logran cambiar la percepción del tiempo. La luz enciende las paredes de las casas, el concreto, la piel de ambos.

Esta es una falsa historia de amor, y los antibióticos son las sustancias más fuertes que han probado mis abuelos. Lo cierto es que se conocieron en la universidad.

Años atrás, le pedí a mi abuelo un libro de su biblioteca. Mientras él lo buscaba, me puse a curiosear en los libreros. En una torre de papeles, di con Azufre y sus compuestos, la tesis de Molly. Como en un vaciado de datos de Wikipedia (en la facultad no la dejaron usar el laboratorio) describe ese elemento, las formas de obtenerlo. 

Le mostré la tesis a mi abuela. Tras hojearla, confesó no recordar muchas cosas. “Es como si la hubiera escrito otra persona”, dijo. Fantaseo con que miente y, debajo de la cama, esconde una libreta. Ahí están las fórmulas para sintetizar las gotas que bebe por las noches, a solas o con el mismo chico de hace 50 años.

Por Sabina Orozco

 

Combate la ansiedad con este libro de Alberto Montt


Compartir