Voces que hablan del fracaso y la violencia

En este ensayo, el autor traza el contradictorio panorama en el que se encuentra la producción literaria de ficción de toda una generación

Voces que hablan del fracaso y la violencia
Geney Beltrán nació en Tamazula, Durango, el 4 de junio de 1976. Foto: Cortesía

Primero, una estampa. Hace algunos años, de viaje en una ciudad de Chiapas, llegué, junto a una amiga, a casa de sus parientes. Al entrar en la sala, nos encontramos a tres de sus primos, adolescentes de entre 14 y 17 años, que veían en la tele el programa de una serie cómica sobre jovencitos de Estados Unidos y sus andanzas en la preparatoria. La nómina incluía, entre otros, a un joven negro, a una chica de rasgos latinos y piel blanca y a una muchacha rubia y “caucásica”. Caí en la cuenta: no había en el elenco nadie con una piel morena parecida a la de los tres que veían el monitor. Tampoco las instalaciones escolares guardaban parecido con las escuelas públicas en que los tres primos estudiaban.

Lo que compartían unos y otros era la edad. Y no sólo la edad. Como al fin y al cabo soy escritor, y los escritores, queramos o no, estamos siempre alertas a la percepción de la lengua, al poco rato entendí que televidentes y personajes estaban unidos, paradójicamente, por el idioma: los segundos, si bien eran de Estados Unidos, hablaban español y con acento mexicano, pues el programa había pasado por el doblaje. Me quedé pensando: ¿qué significa para los tres primos ver hablar en su lengua a unos adolescentes de rasgos físicos tan distintos a los propios y a los de sus compañeros en el aula? ¿De qué forma estas series dobladas influyen en la forma que tienen estos chicos mexicanos de ver su realidad?

GUADALUPE GONZÁLEZ CHÁVEZ. Imágenes de la serie “Ventanas-Conspiración”, 2014.

Para muchos adolescentes de clase media y media-baja de los países mestizos de Latinoamérica, los personajes de la televisión de Estados Unidos, por ver doblados al español sus diálogos, son más reales y cercanos, de una humanidad más afín y de mayor interés que los adolescentes de otras regiones de México —o de Centro y Sudamérica, por supuesto—, como podrían ser de las comunidades indígenas de Oaxaca, o de Hidalgo o de Yucatán, y de quienes reciben noticias únicamente cuando se reportan en la misma televisión inundaciones o matanzas.

Esta dislocación entre los adolescentes extranjeros que se ven en la televisión y los adolescentes indígenas de carne y hueso invisibles para la mayoría de los ciudadanos, ¿qué consecuencias tiene? Con esa visión del mundo, ¿a estos muchachos les puede interesar lo que hoy en día se escribe en el campo de la narrativa latinoamericana?

He iniciado con esta anotación para señalar una contradicción que cruza la producción de ficción literaria de mi generación en nuestros países.

Nacidos a partir de los 60, nos tocó crecer en el cambio de siglo. De Tijuana a la Tierra del Fuego, hemos visto tiempos convulsos, con problemas de violencia e impunidad, de desigualdad y pobreza, en un contexto de lentas transiciones políticas, aunque con mayores libertades civiles. Es el de hoy un México y una Hispanoamérica más abierta, con flujos que han facilitado también los intercambios académicos y culturales, si bien no de forma generalizada. Así, varios autores han vivido y estudiado, e incluso trabajan como profesores de literatura, en universidades de Estados Unidos y Europa. Cosmopolitas, políglotas y con estímulos que van desde becas y estancias de escritura en fundaciones extranjeras hasta premios y ediciones, novelistas y cuentistas han ido más allá de sus fronteras para dar a conocer sus creaciones.

Una característica que encuentro, de interés no sólo literario, es el regreso a temas sociales, aunque tratados con un agudo sentido de la degradación y la destrucción. Se trata de una generación crecida en una sociedad y época de problemas extremos, de modo tal que el aprendizaje de vida ha sido el de quien atestigua una condición terminal. Crecimos en un país y en una Hispanoamérica casi desahuciados por la historia. Sería torpe desestimar ciertos avances: el surgimiento de instituciones democráticas y la paulatina erradicación de las dictaduras, la inserción de un discurso de derechos humanos y constantes campañas de salud y alfabetización, pero si hacemos un balance entre las taras y las reformas, tendríamos razón en adelantar un diagnóstico desfavorable. Veamos si no son curiosos los ingredientes de esta “educación”: la “década perdida” de los años 80, las desigualdades acentuadas por los gobiernos neoliberales, la regresión autoritaria y antidemocrática de los regímenes de izquierda y de derecha, y la plaga mayor, común a todas nuestras sociedades de norte a sur: la violencia.

Esta generación, así, desarrolló una mirada pesimista, que ha propiciado textos narrativos en los cuales se retratan con las artes de la distopía, la introspección o el sarcasmo los escenarios de una tierra cercana a la ruina moral. Personajes e historias hablan de una prospección casi apocalíptica, decadente y demencial.

Aquí se vincula mi reflexión con la anécdota que conté al principio. A diferencia de los programas estadounidenses que traducen el habla de sus personajes, la ficción de los autores recientes se ha exigido un retrato directo nutrido del aquí y el ahora, obligando a los lectores a observar el presente mexicano y latinoamericano de manera crítica y política. Esta nueva narrativa no oculta una fijación en el tema del fracaso, tanto personal como comunitario. Las tramas que hablan del narcotráfico, la migración, la violencia contra la mujer, la corrupción política o la ruptura de los lazos amorosos permiten una lectura sobre la incomunicación y la soledad, la pérdida de la inocencia, el cuerpo y sus laberintos, la derrota del individuo ante el poder, todos ellos relacionados con una prospección del fracaso.

¿Qué repercusión en los lectores está teniendo ese acercamiento? ¿La crítica política que hacen estos autores puede dar pie a una transformación social? Sería ingenuo asegurarlo, porque la desventaja estructural continúa: hay un bajísimo porcentaje de lectores, librerías y bibliotecas, lo que propicia que la circulación de los libros sea a cuentagotas en la mayoría de nuestros países.

Tenemos entonces el panorama. Por un lado, la clase media se apropia pasivamente de los productos televisivos y musicales estadounidenses, al tiempo que no se ve un interés en conocer las realidades de las personas de carne y hueso de su propia comunidad. Por otro, existe una promoción de voces de ficción, quienes han decidido acercarse de manera crítica a una multitud de asuntos sociales, buscando narrar las historias particulares, íntimas, muy humanas y al mismo tiempo cruzadas por el desencanto y la frustración, de quienes han habitado nuestros países sin encontrar nociones seguras de futuro.

Por Geney Beltrán

 

avh 

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