La polarización de la pandemia

Es posible, desde luego deseable, que el tres de noviembre nuestros vecinos den un primer paso para escapar de la pesadilla anticientífica y autoritaria que han sido la presidencia de Trump y las mayorías republicanas recientes

La polarización de la pandemia

El manejo de la pandemia ha sido tema de la mayor relevancia en la campaña electoral de los Estados Unidos. No es sorpresa, siendo sin duda el reto de salud y económico más crítico que ha enfrentado la humanidad en muchas décadas. Acá en México el asunto es también esencial para la población, aunque la ausencia de un debate más rico en lo público es símbolo de la pobreza de las opciones opositoras y de la debilidad de nuestra democracia. Se ha dado un esfuerzo valiente de contraargumentación por parte de los exsecretarios de Salud de los últimos treinta años, pero su impacto político ha sido limitado por la brutal medianía de los liderazgos parlamentarios y partidistas de la oposición, quienes tendrían que haber retomado la propuesta y hacerla parte central de su reclamo de aquí a junio del 2021. Pero esto no ha ocurrido. Este virtual silencio ha sido aplastado por una vocería de Salud cuya calidad nos recuerda a la Chimoltrufia, quien como dice una cosa dice otra: “yo digo sí hay rebrote, mi jefe dice no hay rebrote”. Pareciera chusco, pero la consecuencia es grave.

En los Estados Unidos la pandemia ha registrado un rebrote intenso, alcanzando en estos días el número más alto de contagios diario. Al menos pareciera que, aún si logra ganar de último momento, Trump llegaría a su segundo mandato con un partido Republicano diezmado en el Congreso, en parte por el rechazo de la población a su gestión de la pandemia. Pero una parte sustantiva del daño ya está hecho. Se han polarizado, quizá sin remedio, las medidas de contención del contagio —especialmente el uso del cubrebocas— y ello ha costado miles de vidas innecesariamente.

El 16 de septiembre pasado, Robert Redfield, el director del Centro para Control de Enfermedades de Estados Unidos, enfatizaba en audiencia pública que el cubrebocas es el instrumento de protección contra el contagio más importante con el que contamos, e incluso especuló que podría ser más potente que una vacuna cuando esté disponible. Y sin embargo, Trump ha insistido en no usarlo, acabando por contagiarse él, su familia, y muchos a su alrededor. Como él, otros presidentes (incluido el nuestro) han resistido su uso, quizá en un gesto machista de bravata ante lo inevitable. El costo de este pésimo ejemplo no ha sido menor.

En un estudio realizado por profesores de la universidad de Carnegie Mellon (de nombre CovidCast) y reportado por el Washington Post recientemente, se muestra una altísima correlación inversa entre el porcentaje de la población que dice utilizar el cubrebocas en lugares públicos y el porcentaje que conoce a personas con síntomas de COVID. Así, Dakota del Sur, donde sólo 63% de la gente reporta un uso constante del cubrebocas, 45% reporta ver personas con síntomas de COVID en su comunidad. En contraste, 93% de la población en Massachusetts usa el cubrebocas y sólo 13% reporta conocer a alguien con síntomas del virus. Un dato que destaca la nota del Post es que los estados con mayor tasa de uso del cubrebocas fueron todos ganados por Hillary Clinton en 2016. Más demócratas, más cubrebocas, menos contagios.

En parte por ello es posible, desde luego deseable, que el tres de noviembre nuestros vecinos den un primer paso para escapar de la pesadilla anticientífica y autoritaria que han sido la presidencia de Trump y las mayorías republicanas recientes. Ello daría muestra y esperanza de que no hay pueblo que tolere la incompetencia del populismo, por seductora que sea la polarización a la que le invita.

Por Alejandro Poiré

Decano Ciencias Sociales y Gobierno Tecnológico de Monterrey

@AlejandroPoire


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